La vida me llevó por sus caminos,
sus senderos y sus desiertos,
sin un marcado destino
y sin un mandato cierto.
Con su tierra mis manos agrieté
y con sus relieves mis pies lastimé.
Abrevé en rincones sombríos
y me pude cegar con su fulgor,
pero ni cubrí mi cabeza de su estío,
ni me coloqué cristales oscuros .
Por eso sufrí y de angustia enfermé,
y me paralizó la garganta de afonía,
pero con sus intensas sinuosidades gocé
que pareció que el cuerpo no resistiría.
Porque conocí el cielo y también el infierno,
creo que cualquier lugar de la tierra es bueno.
Por eso mares, arroyos y ríos he amado
llanuras, valles y picos escarpados…
la oscuridad recelosa de los anocheceres
que fue seguida de luminosos amaneceres.
Lloré hasta que lágrimas no quedaban
reí hasta acalambrar mis entrañas…
y por eso muchas veces feliz he sido
muchas más de las que he entristecido.
Porque no son cautivos la alegría y el color,
van en yunta con la sombra y el dolor
He amado la velocidad y la pereza,
la precisión, la duda y la torpeza.
Monté autos, motos y hasta bicis,
que me llevaron donde quise.
Pero de los extremos me he despojado,
y paracaídas o alas delta no lamento
autos de rally, ultralivianos o aeroplanos
tal vez llegarán en su momento…
Qué mas da…
Viviendo una vida sencilla, pura y plena
no necesito intoxicarme de adrenalina,
tabaco, alcohol, yerba o cocaína.
y como un bonus track es ahora ella:
llena de más senderos y amaneceres
días brillantes, de sol o de llovizna
amor, ternura, pasión y tal vez placeres
amistad, compañerismo, tristezas y alegrías
Hay que saber amar la vida sin pintura,
cirugías, maquillajes o tinturas.
saber vestir una falda, un traje o un jean,
la desnudez o una camisa de satin,
sandalias, zapatos de charol ornamentado,
o mucho mejor con la tierra descalzado.
las canas, la piel o los ojos cansados
los años, los achaques y sus aliados...
La juventud refresca con su tierna inconciencia
pero los años se iluminan con su sapiencia…
Adriano - Noviembre 2009
sábado, 7 de noviembre de 2009
sábado, 22 de noviembre de 2008
Ande
ANDE
Su sombra se extiende mas allá de los trigales,
preciado oro al sol en el verano de sur,
y su voz resuena haciendo eco en sus quebradas,
en un mustio dueto con sus intrincados arroyos.
Su alma pura se hace infinita hacia las tardes
mientras en sus entrañas palpita otro nuevo amanecer
de romper la noche en mil colores de otoño
enaltecidos con el gélido sudor de los glaciares.
Su firme pulso alcanza las vides de los valles
en una ofrenda a Dios con el vino de su amor,
agridulce sabor del trabajo y los años
que agrietan las manos y la tierra de sus hombres.
El cóndor posa sus grandiosos sueños de vida,
donde crece el amor puro en la piedra vacía
en la fecunda fe de los helados amaneceres.
Dios rodó por esos arroyos y se fundió en tu nieve
legándote la grandeza y la imponencia de gigante
ante el sordo diálogo de la pampa y el río.
En tus escondidos rincones y susurrantes vegas,
en tus sueños de roca viva y anhelos de hielo,
en los siglos que forjaron tu pétrea calma...
tus valles se abren al cielo en plegaria
con ígneas manos entendidas al infinito cielo
en un grandioso abrazo para alcanzar a Dios.
Adriano Yannelli - 1994
Su sombra se extiende mas allá de los trigales,
preciado oro al sol en el verano de sur,
y su voz resuena haciendo eco en sus quebradas,
en un mustio dueto con sus intrincados arroyos.
Su alma pura se hace infinita hacia las tardes
mientras en sus entrañas palpita otro nuevo amanecer
de romper la noche en mil colores de otoño
enaltecidos con el gélido sudor de los glaciares.
Su firme pulso alcanza las vides de los valles
en una ofrenda a Dios con el vino de su amor,
agridulce sabor del trabajo y los años
que agrietan las manos y la tierra de sus hombres.
El cóndor posa sus grandiosos sueños de vida,
donde crece el amor puro en la piedra vacía
en la fecunda fe de los helados amaneceres.
Dios rodó por esos arroyos y se fundió en tu nieve
legándote la grandeza y la imponencia de gigante
ante el sordo diálogo de la pampa y el río.
En tus escondidos rincones y susurrantes vegas,
en tus sueños de roca viva y anhelos de hielo,
en los siglos que forjaron tu pétrea calma...
tus valles se abren al cielo en plegaria
con ígneas manos entendidas al infinito cielo
en un grandioso abrazo para alcanzar a Dios.
Adriano Yannelli - 1994
jueves, 6 de noviembre de 2008
La rutina
Se agita la máquina
y sus hombres se mueven,
y mueven sus autos
en otra diaria rutina
Mientras sus almas
se ahogan en penas,
sus mustias caras,
se ahogan en humo.
¡La vanidad del hombre nuevo!
Exito que ya no es tal.
Hoy, es objeto sombrío,
nombrado pero desconocido,
contador de horas.
Hasta sin quererlo
a diario hace el mal
y en su apuro voraz,
ni siquiera puede verlo...
Adriano Yannelli (1973)
y sus hombres se mueven,
y mueven sus autos
en otra diaria rutina
Mientras sus almas
se ahogan en penas,
sus mustias caras,
se ahogan en humo.
¡La vanidad del hombre nuevo!
Exito que ya no es tal.
Hoy, es objeto sombrío,
nombrado pero desconocido,
contador de horas.
Hasta sin quererlo
a diario hace el mal
y en su apuro voraz,
ni siquiera puede verlo...
Adriano Yannelli (1973)
Hoy una vez más
Cantan las máquinas
su oda y trabajan...
con su hierro soberbio
como infectada espina
al cielo en su nervio
mortalmente hiere y cuaja
Cantan las ciudades,
coros de fábricas y autos,
retumbando cemento
en los rincones más oscuros.
Sus ponzoñosas vanidades
en un gesto infausto
invaden el aire puro
como triste lamento.
Mientras todo muere
y buscan huir,
no solo al aire hieren
todos empiezan a sucumbir,
cayendo por el mismo abismo
que ellos supieron construir.
Adriano Yannelli (1973)
su oda y trabajan...
con su hierro soberbio
como infectada espina
al cielo en su nervio
mortalmente hiere y cuaja
Cantan las ciudades,
coros de fábricas y autos,
retumbando cemento
en los rincones más oscuros.
Sus ponzoñosas vanidades
en un gesto infausto
invaden el aire puro
como triste lamento.
Mientras todo muere
y buscan huir,
no solo al aire hieren
todos empiezan a sucumbir,
cayendo por el mismo abismo
que ellos supieron construir.
Adriano Yannelli (1973)
Tormentas de miedo
Tormentas de miedo
y mares agitados rugiendo
mientras lloran un credo
las gentes pidiendo
por la claridad del día
y terminar la noche oscura
donde muchos morían,
acribillados por la locura
de la que escapaban pocos.
El fin del solaz...
el sueño de locos,
el sueño de la paz.
Adriano Yannelli (1973)
y mares agitados rugiendo
mientras lloran un credo
las gentes pidiendo
por la claridad del día
y terminar la noche oscura
donde muchos morían,
acribillados por la locura
de la que escapaban pocos.
El fin del solaz...
el sueño de locos,
el sueño de la paz.
Adriano Yannelli (1973)
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