ANDE
Su sombra se extiende mas allá de los trigales,
preciado oro al sol en el verano de sur,
y su voz resuena haciendo eco en sus quebradas,
en un mustio dueto con sus intrincados arroyos.
Su alma pura se hace infinita hacia las tardes
mientras en sus entrañas palpita otro nuevo amanecer
de romper la noche en mil colores de otoño
enaltecidos con el gélido sudor de los glaciares.
Su firme pulso alcanza las vides de los valles
en una ofrenda a Dios con el vino de su amor,
agridulce sabor del trabajo y los años
que agrietan las manos y la tierra de sus hombres.
El cóndor posa sus grandiosos sueños de vida,
donde crece el amor puro en la piedra vacía
en la fecunda fe de los helados amaneceres.
Dios rodó por esos arroyos y se fundió en tu nieve
legándote la grandeza y la imponencia de gigante
ante el sordo diálogo de la pampa y el río.
En tus escondidos rincones y susurrantes vegas,
en tus sueños de roca viva y anhelos de hielo,
en los siglos que forjaron tu pétrea calma...
tus valles se abren al cielo en plegaria
con ígneas manos entendidas al infinito cielo
en un grandioso abrazo para alcanzar a Dios.
Adriano Yannelli - 1994
sábado, 22 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
La rutina
Se agita la máquina
y sus hombres se mueven,
y mueven sus autos
en otra diaria rutina
Mientras sus almas
se ahogan en penas,
sus mustias caras,
se ahogan en humo.
¡La vanidad del hombre nuevo!
Exito que ya no es tal.
Hoy, es objeto sombrío,
nombrado pero desconocido,
contador de horas.
Hasta sin quererlo
a diario hace el mal
y en su apuro voraz,
ni siquiera puede verlo...
Adriano Yannelli (1973)
y sus hombres se mueven,
y mueven sus autos
en otra diaria rutina
Mientras sus almas
se ahogan en penas,
sus mustias caras,
se ahogan en humo.
¡La vanidad del hombre nuevo!
Exito que ya no es tal.
Hoy, es objeto sombrío,
nombrado pero desconocido,
contador de horas.
Hasta sin quererlo
a diario hace el mal
y en su apuro voraz,
ni siquiera puede verlo...
Adriano Yannelli (1973)
Hoy una vez más
Cantan las máquinas
su oda y trabajan...
con su hierro soberbio
como infectada espina
al cielo en su nervio
mortalmente hiere y cuaja
Cantan las ciudades,
coros de fábricas y autos,
retumbando cemento
en los rincones más oscuros.
Sus ponzoñosas vanidades
en un gesto infausto
invaden el aire puro
como triste lamento.
Mientras todo muere
y buscan huir,
no solo al aire hieren
todos empiezan a sucumbir,
cayendo por el mismo abismo
que ellos supieron construir.
Adriano Yannelli (1973)
su oda y trabajan...
con su hierro soberbio
como infectada espina
al cielo en su nervio
mortalmente hiere y cuaja
Cantan las ciudades,
coros de fábricas y autos,
retumbando cemento
en los rincones más oscuros.
Sus ponzoñosas vanidades
en un gesto infausto
invaden el aire puro
como triste lamento.
Mientras todo muere
y buscan huir,
no solo al aire hieren
todos empiezan a sucumbir,
cayendo por el mismo abismo
que ellos supieron construir.
Adriano Yannelli (1973)
Tormentas de miedo
Tormentas de miedo
y mares agitados rugiendo
mientras lloran un credo
las gentes pidiendo
por la claridad del día
y terminar la noche oscura
donde muchos morían,
acribillados por la locura
de la que escapaban pocos.
El fin del solaz...
el sueño de locos,
el sueño de la paz.
Adriano Yannelli (1973)
y mares agitados rugiendo
mientras lloran un credo
las gentes pidiendo
por la claridad del día
y terminar la noche oscura
donde muchos morían,
acribillados por la locura
de la que escapaban pocos.
El fin del solaz...
el sueño de locos,
el sueño de la paz.
Adriano Yannelli (1973)
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